LA ROCA PRODIGIOSA
Nuestros abuelos cuentan que en la década del 90 del siglo XIX, cuando el hoy barrio Santa Bárbara de Juliaca era una pampa deshabitada, y con algunas casas de estilo rural, llegaron inmigrantes de las comunidades aledañas a fin de tener mejor suerte en la vida ocupando estos espacios. Algunas familias se establecieron en el pueblo nuevo y otros en las inmediaciones del llamado pueblo viejo, es decir por las cercanías del Santuario de Santa Bárbara y el Templo de Santa Catalina.
La familia Apaza procedente de la comunidad de Jaran llegó a fijar su morada en el lado norte de la colina de los padres Franciscanos, y allí creció el niño Miguel, quien todas las noches salía a jugar con su rueda alrededor de la iglesia colonial y plaza de ganado, que se caracterizaba por estar casi siempre sin alma que la transitara, excepto los días domingos. Ocurre que este niño era muy veloz y siempre se le veía solitario, pero él decía que se la pasaba jugando con sus amigos del vecindario y que vivían en los cerros.
Cuenta la leyenda que cuando Miguel tenía unos 6 años, en la ciudad se presentó una extraña enfermedad que empezó a matar a muchas personas, y él decía que dicho mal se podía curar únicamente si se visitaba la morada donde vivían sus amiguitos. Cuando se le preguntó dónde se ubicaba dicho lugar, respondía que se encontraba en el roquedal de Jatun Rumi o Santa Bárbara, y cuando se visitó dicho lugar, lo único que allí observaron fue una especie de cueva pequeña sin que existiera rastro de vida. Pero Miguel insistía en que si quieren salvar más vidas tendrían que ir a dicho lugar en horas de la madrugada; muchos no le hicieron caso, pero algunas personas, en su desesperación llevaron a sus enfermos y lograron la sanación esperada, hecho que fue considerado como un verdadero milagro.
A los pocos años de aquel prodigio, en el pueblo se presentó el fenómeno de hacer riqueza a través del comercio y la industria; muchas familias emprendieron una serie de negocios sin éxito, a lo que el niño Miguel les decía que si querían ganar dinero a raudales tenían que pedírselo a sus amigos antes del crepúsculo matutino. Una vez más la gente se burlaba de él, pero la curiosidad mezclada con la necesidad, logró que algunas personas hicieran lo que el niño les decía, con el sorprendente resultado de lograr inusitadas fortunas. Algunas personas que deseaban alivio a sus males o tener éxito en sus negocios iban directamente al lugar señalado, pero sin resultado positivo, el secreto era que primero se tenía que conversar con el niño Miguel, pues caso contrario ningún milagro se realizaría.
Así pasaron los años hasta que llegó una autoridad edil, quien con visiones de modernidad empezó a hacer una serie de trabajos para mejorar el panorama urbano de la ciudad. Una noche cuando Miguel salió de su casa a realizar su rutina de empujar su rueda, se oyó una fuerte explosión. Los obreros del municipio estaban cercenando una parte del cerro Jatun Rumi para habilitar una calle. A partir de entonces nada se supo del chiquillo Miguel ni de los socavones en donde habitaban los amigos imaginarios del niño. Sin embargo, aquellos obreros municipales fallecieron de una manera extraña en los meses sucesivos.
Pasaron décadas, y nuevamente se presentaron enfermedades, fracasos económicos y desgracias en las familias de Juliaca; ya no había a quién acudir y la población empezó a extrañar la presencia de miguelito, hasta que a una anciana se le ocurrió gritar desesperadamente el nombre del niño Miguel, y se oyó una respuesta. ¡Aquí estoy! Las palabras salieron de una roca abandonada. La pobre mujer fue a su encuentro con su nieto agonizante, y no observando la presencia de Miguel, dejó al moribundo sobre la roca que tenía una superficie plana. El gélido viento obligó a la mujer el rápido retorno a su hogar. Al día siguiente la agonía del niño se disipó y una sorprendente sonrisa infantil saludó a la matrona. ¿Qué remedio le diste? Preguntaron sus vecinos, y la anciana dijo que el niño Miguel lo había sanado. ¿Dónde está? Está en aquella roca, les dijo señalando la enorme piedra, de cuya presencia casi nadie se había percatado.
Muy pocos le creyeron a la anciana, y la gente pensó que estaba alucinando. Hasta que algunos probaron sus efectos con resultados sorprendentes; así la fama de aquella roca creció, por ello hoy a fines del siglo XX muchas personas la veneran porque prodiga salud, fortaleza espiritual y éxito en los negocios.
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Escrito en 1992
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