La cadena de colinas orográficas que se inicia en las cercanías del puente maravillas de Juliaca, así como sus inmediaciones, son escenarios fantásticos en donde son frecuentes las apariciones y desapariciones, así como la ocurrencia de enigmáticos sucesos a lo largo del tiempo. Allí, en las cumbres, peñascos, manantiales y lagunas, se encuentran las moradas de los manes de nuestros antepasados, quienes están en permanente vigilia custodiando lo inimaginable.
Para sus moradores no es extraño observar de noche algunas fogatas en los cerros, pues sabiendo que es indicio de la presencia de un tesoro, ellos guardan un comprensible hermetismo. Quienes, no siendo del lugar pretenden descubrir sus misterios, sufren las consecuencias de su osadía. Existen protectores como los peces pequeños y gigantes que danzan en las noches de luna en las lagunas y ríos, los mismos que enloquecen a los extraños; allí también están las condenaciones de los sapos, ranas y lagartijas; los vientos en sus diversas expresiones también causan terribles sufrimientos. Si alguna persona pretende librarse de estos padecimientos, primero tiene que invocar el perdón por invadir el lar no autorizado, y luego ofrecer una ofrenda a los seres tutelares. Todos estos fenómenos, considerados sobrenaturales, son claros indicadores que lo telúrico no está exánime, sino que tiene pleno vigor; por ello inclusive con facilidad se apodera de nuestros espíritus.
Para mejor ilustrar esta vitalidad, se tiene una versión antigua que afirma que en las cimas y laderas de aquella cadena de montañas moraba una población floreciente, y prueba de ello es que aún se puede observar ruinas de construcciones pretéritas. También se dice que sus moradores abandonaron dichos lugares de manera inexplicable. Eran tiempos en que los dioses andinos también estaban en pleno afianzamiento. Estos pobladores, en su inesperada salida pretendieron llevarse un enorme artefacto metálico parecido a una campana que era considerado como un oráculo sagrado y servía para salvaguardar la salud, así como para convocar, amparar y alertar a los habitantes. Dicho objeto, por designios de la naturaleza, al momento de ser movido de su lugar se habría convertido en una roca inamovible, lo cual provocó el pánico en estos pobladores que no concebían la idea de abandonarlo, por ello en rápida asamblea se determinó que se quedaran algunas familias para no desampararlo; estas familias se diseminaron a fin de que no fuera localizado por personas foráneas. Así lo hicieron, por ello es que durante siglos el lugar era un santuario secreto que era conocido únicamente por los peregrinos que originariamente habían poblado la zona.
Durante la Colonia, en que reinaba la ambición de los conquistadores, la fama de este aparato llamó la atención de estos exploradores, creyendo que se trataría de una campana de oro. Así, cuando arribaron a dicho lugar, encontraron al objeto semi enterrado, y al golpearlo se escuchaba un extraño tañido, pero cuando trataron de levantarlo, ésta se hundía, y a medida que trataban de sacarlo cada vez más las entrañas del cerro lo devoraba. Se hicieron muchos intentos por sacarlo, hasta que el fracaso se apoderó de los saqueadores. Muchos de estos aventureros enloquecieron, otros sufrieron raras enfermedades, en otros casos la muerte los sorprendió de manera inaudita. Lo mismo ocurrió en los años sucesivos. Ahora yace en el fondo de dicho cerro; la cima es una waca muy venerada.
Quienes habitan por esos lugares afirman que, a veces se oyen graves tañidos, que se asemejan a llantos de siglos; cuando los sonidos son graves y prolongados se dice que se producirán graves daños en el ciclo agropecuario. Las inundaciones y sequías que azotan periódicamente a nuestro altiplano, están precedidas por estos tañidos del llamado Campanayoc orqo.
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Escrito en Juliaca en 1992
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