LA CAÍDA DEL KOLLISUYO
Transcurría el último año del antepenúltimo lustro del siglo XX, cuando los estudiantes del quinto grado de primaria y nuestro tutor decidimos hacer un recorrido de estudio por algunas zonas de las pampas y colinas de Juliaca. El profesor que teníamos era un maestro que se resistía a abandonar las aulas escolares, a pesar que había sobrepasado la edad para jubilarse. En la escuela sus compañeros de trabajo criticaban su actitud de no dar oportunidad a que otro joven profesional ocupara el cargo. Pero él era muy querido por sus alumnos y padres de familia, debido a que era optimista, bien informado y desarrollaba su labor pedagógica con la pasión de un juvenil maestro. Estas cualidades avivaba el celo en sus colegas.
Aquel día, me levanté muy temprano y mi madre me entregó un refrigerio envuelto. Cuídate y no hagas travesuras, fueron sus palabras de despedida. Llegar al lugar de concentración no fue una tarea sencilla, porque las veredas de la ciudad están invadidas por comerciantes, los vehículos no respetan las señales de tránsito, la gente anda a prisa y desconfiando de todo; aquí todos convivimos mal encariñados con el desorden y el peligro constante.
Fui uno de los primeros que llegó al punto de reunión, era el profesor quién se había adelantado. Estando ya presentes los convocados, nuestro preceptor señalando hacia los cerros nos dijo: Aquella cima, la más elevada, es nuestro destino de hoy.
El paseo se inició temprano. Formando pequeños grupos y conversando amenamente, nos desplazamos con dirección a los cerros cercanos cargando aprovisionamientos, inquietudes y alegrías. El clima nos era favorable y el día avizoraba ser bonancible.
Nuestro tutor con gran entusiasmo y paso lento nos guiaba, y en cada aparente momento se detenía, y con él los excursionistas, para ofrecernos algunas explicaciones que las atendíamos como buenos exploradores. Siguiendo sus indicaciones recogíamos pequeñas rocas y las clasificábamos en volcánicas, sedimentarias y metamórficas, lo cual alegraba nuestros sentimientos; también levantamos algunas hojas y plantas, así como algunos insectos inofensivos. Nos impelía recoger estos elementos de la naturaleza, la alentadora motivación de nuestro conductor, y la satisfacción de que tendríamos nuestra propia colección de piedras, plantas y animales, es decir, que cada uno haría su rocario, herbario e insectario, respectivamente.
La lenta caminata tuvo que detenerse otro momento cuando llegamos a la cima del cerro Waynarroque, desde donde pudimos divisar el espléndido panorama del paisaje local; sin embargo, el asombro fue mayor cuando arribamos a una cumbre más elevada y desde donde se dominaba mejor el espacio.
- ¡Qué planicie tan inmensa! ¡Cómo se redujo la ciudad!, exclamamos.
Lo que teníamos enfrente era un maravilloso espectáculo natural. Pocos oriundos seguramente tuvieron el privilegio de admirar aquel esplendoroso paisaje que nos aturdió gratamente. Las preguntas afloraron y el sapiente maestro tuvo ardua labor.
- Las pampas que están observando -nos decía señalando la extensa llanura que se interrumpía por la presencia de cerros encadenados- son parte de la gran meseta del Kollasuyo. Allí está el Titikaka, el legendario lago de los inkas y que fue la cuna de los fundadores del Tawantinsuyo.
Ante las inquisitivas interrogantes provenientes de niños con ansias de información y llenos de curiosidad, el profesor indicó que nos sentáramos formando una circunferencia; así lo hicimos, y él se puso en el medio. Allí respondió sabia y pausadamente a nuestras inquietudes; con gran maestría nos introdujo en los vericuetos de la geografía, la historia y la mitología regional. Levantando la voz, así como moviendo armoniosamente los brazos explicaba:
- Aquel es el cerro Iquinito y es el más elevado de esta región, miren aquellas cuchillas de rocas, son las formas especiales de las elevaciones de Ayabacas, son lugares sagrados y muy venerado por los naturales; allá está la laguna de Chacas que se ha formado con las lágrimas de una princesa incomprendida. ¿Ven aquella enorme serpiente de plata? Es el río Coata y desemboca en el Titikaka, -hablaba señalando los lugares específicos- Lo que estamos observando -continuaba- hace muchos siglos perteneció a un gran reino cuyas ruinas están bajo nuestros pies.
Lo que más nos impactó, fue el relato histórico de los célebres combates entre los ejércitos del Inka Pachacútec y del soberano Kolla Chuchi Kápac, este último heroicamente había caído en plena batalla de resistencia al poder militar del imperio del norte. La narración atribuló a la audiencia, y todos los allí presentes, sin que hubiera orden alguna, nos pusimos de pie en silencio, ¿sería acaso este un homenaje espontáneo a aquellos valerosos defensores de la soberanía y libertad kolla? –pensé.
El viento agorero y los rayos dorados del Sol, los mismos de hace épocas, nos hablaban en su lenguaje eterno, sólo el profesor parecía entenderlos y reverente ante ellos levemente se inclinaba. Todos sentíamos una extraña sensación; pero el silencio se quebró bruscamente cuando una de nuestras compañeras gritó ¡un lagarto! Y todos corrimos despavoridos en distintas direcciones, pero la que más se espantó fue la pobre lagartija que huyó más rápido que nosotros. Sin darnos cuenta, la fatiga se había esfumado.
Luego de esta singular experiencia nos dispersamos, y cada quien devino en un hábil explorador y constructor de raras conjeturas con relación a lo que observábamos; y, luego de casi una hora de actividad examinadora nos volvimos a reunir para devorar los alimentos llevados.
El resto de la jornada fue de juego y diversión. Siendo las tres de la tarde empezamos a descender para reencontrarnos con el bullicio de las calles, que como siempre estaban ocupados por triciclos, ambulantes, combis y gente sin rumbo. Estando en la plaza central volvimos la mirada a los cerros tutelares que habíamos escalado, y en esos instantes, por mi médula atravesó un extraño rayo que me hizo estremecer, y súbitamente rememoré algunas palabras del maestro, que con melancólica mirada nos despedía; dio algunas indicaciones que no pude captar.
- Mami, buenas tardes –saludé atravesando el umbral de mi morada.
- ¿Que tal te fue en el paseo? -Viendo mi apariencia física agregó- te noto cansado, empolvado y quemado; lávate, come y ve a descansar.
De pronto, inexplicablemente, me encontré en la cumbre del cerro donde moraba la gente de Chuchi Kápac hace más de cinco siglos, y ante mis ojos repentinamente apareció el gran escenario y sus inmensas pampas con abundante y fresco alimento para los auquénidos. Las viviendas habituales desaparecieron y todo el paisaje artificial con ellas. A mi lado sentía la presencia de alguien cuyo aliento me era familiar, miré a mi rededor sin encontrar persona alguna. Cuando agudicé la mirada sólo pude distinguir la clara figura de un árbol, cuyas hojas se movían lenta y pausadamente al compás de sus ramas. Los síntomas del temor estaban invadiéndome al encontrarme súbitamente solitario y en un paraje inhabitual.
- ¿Hay alguien ahí? -pregunté a no sé qué. Hubo un largo silencio, y casi temblando repetía la pregunta varias veces, elevando en cada momento el tono de mis palabras que estaba por quebrantarse.
- ¿No me reconoces? -dijo una voz conocida-. Me invocaste y estoy presto a disipar tus dudas.
Perplejo miré por todos lados y no pude percibir la fuente de aquellas palabras que las sentía tan cercana. Haciendo un esfuerzo pude despejar la incógnita. ¡Era el árbol quien me hablaba!, y la voz era de mi profesor, quien paternalmente me dijo:
- No temas, acudí a tu llamado tal como soy, ¿reconoces mi forma?
Cavilé. El árbol es muy conocido, era un Kolli, árbol que en nuestro medio no goza de aprecio consensual a pesar de los múltiples beneficios que nos brinda. Era un kolli que en la soledad y el silencio del tiempo danzaba con su eterno amigo viento. Al reconocerle, sin darme cuenta de lo que hacía, le manifesté:
- Eres un kolli, un árbol viejo como los demás, con la diferencia de que tú hablas, ¿qué haces tan solitario en este páramo? ¿Desde cuándo permaneces ahí?
- No estoy sólo, todos hablamos y sentimos como los humanos -dijo el kolli- mis raíces son milenarias, mi tronco es testigo de la historia andina, en mis ramas se cobijaron muchas generaciones de aves, mis hojas son mis sentidos, ellas me permiten observar el mundo humano que se está destruyendo por su propio desconocimiento, pues los hombres no saben lo que son; desde esta mi atalaya los veo con indignación y esperanza, aguardando lo que yo sí sé. Hijo –tiernamente me ordenó- cierra los ojos un momento y te conduciré por donde sucedieron los hechos deshechos.
Tímidamente bajé los párpados, y al levantarlos el escenario se iluminó, aparecieron magnánimas edificaciones pétreas y un silencio preocupante dominó el medio; ante mi atónita mirada el kolli adquirió una forma altiva, empezó a erguirse y poco a poco comenzó a desarraigarse para luego caminar. Dio un grito, era una orden, y una multitud de lozanos kollis, disciplinadamente se acercaron y le tributaron pleitesía. Nuestro árbol era el soberano y gobernada a la nación de los kollis, que estaba integrado por millares de árboles de todas las edades; éstos no me veían, lo cual me persuadió de que mi presencia sólo era percibida por el jefe, y era invisible para sus vasallos.
El Kolli Kápac, así me permito llamar a aquel respetado soberano, luego de impartir instrucciones, me invitó a visitar una parte de su grandioso reino. Él y yo íbamos delante de un multitudinario ejército de jóvenes kollis, que entonaban extraños cánticos. Visitamos muchos pueblos y me enteré que el reino lo integraban también las keñuas. Todas las poblaciones visitadas le rendían honores y se sumaban paulatinamente al inicial ejército. Corrí a una cima y observé que los kollis se habían multiplicado considerablemente. No entendía lo que ocurría, sólo atiné a controlar mis nervios destemplados y a seguir en esta fantástica travesía. Comprendiendo mi tribulación, el Kolli Kápac sin detener su marcha me refirió:
- El reino que estas observando está en grave peligro, la amenaza de una destrucción son cada vez más alarmantes, enemigos desconocidos y poderosos nos acechan; nos estamos preparando para la guerra, si vencemos nuestra especie perdurará, pero si perdemos, tú serás testigo para narrar la tragedia.
- Pero yo… -antes de continuar con mis palabras noté que se acercaba un gran ejército haciendo grandes ruidos; eran altos, con un olor especial y con hojas mucho más grandes que de los kollis. Venían a toda prisa, y nuestros amigos, que eran hábiles guerreros, los aguardaron en los cerros desde donde rechazaron a sus oponentes quienes atacaban lanzando proyectiles mortales.
- ¿Quiénes son esos árboles gigantes que sin motivo los atacan? –me atreví a preguntar al líder kolli.
- Son los eucaliptos, que vienen de tierras lejanas para enseñorearse sobre nosotros; pero, mi pueblo está resuelto a defender su soberanía. Estamos convencidos que la dignidad se defiende hasta con la vida.
La lucha se prolongó por varios meses, y los foráneos invasores varias veces fueron derrotados pero no expulsados. Los vencedores, tras cada triunfo realizaban extraños ritos que fortalecía su espíritu de lucha. En una de las batallas los eucaliptos fueron vencidos y echados del Kollisuyo. Así, la calma retornó para los kollis y keñuas quienes se dedicaron a embellecer sus dominios.
No podía creer lo que estaba viendo y escuchando, todo allí tenía vida, sentimiento y palabra. Los cerros, los ríos, los animales, las plantas, todos hablaban un lenguaje sumamente raro, y lo insólito era que yo los entendía, no necesitaba traductor.
Sin embargo, la tranquilidad duró poco, pues una madrugada el Sol se levantó más temprano que de ordinario, y comunicó al viento para que alertara a los kollis. Los eucaliptos estaban avanzando con un multitudinario ejército y con refuerzos especiales. Los kollis no huyeron, los esperaron con admirable brío y observaron que los eucaliptos se habían aliado con unos seres también altos e imponentes. Los nuevos atacantes eran de forma más definida, con hojas en forma de agujas y portaban gran cantidad de granadas mortíferas. Eran los pinos.
Los aliados invasores rodearon a los kollis y keñuas, y éstos, desde sus naturales fortalezas opusieron tenaz resistencia por varios años, en donde la derrota y la victoria se alternaban y los muertos se contaban por millares. Poco a poco las fuerzas de los aliados nativos fueron debilitándose ante la superioridad de los enemigos. Cierta jornada se libró una cruel y desigual batalla que fue la decisiva; los kollis y keñuas sucumbieron ante las armas del adversario. La brutalidad de los vencedores no perdonó vida alguna, yo no sabía qué hacer, corría por todos lados clamando el cese de la masacre. Ellos se mostraron más despiadados con los pequeñuelos que eran arrebatados de los brazos de sus madres, y delante de ellas les arrancaban sus débiles raíces y ramas, para luego pisotearlos. Miles finaron y los pocos sobrevivientes buscaron refugio en zonas apartadas en donde decidieron echar sus raíces.
Los olorosos y puntiagudos invasores, con sus ruidosos pasos, fueron en pos de los sobrevivientes a quienes los encontraron enclavados; no huyeron, resistieron así el embate del usurpador, y desde entonces así se quedaron diseminados en los páramos del altiplano.
No existiendo la posibilidad de un contraataque, los conquistadores empezaron a dividirse el kollisuyo; los eucaliptos ocuparon la zona adyacente al gran lago, y los pinos se conformaron con ocupar espacios más reducidos, a pesar de que su aspecto era más magnánimo que el de sus aliados. El sol, el viento y las heladas fueron los encargados de hacerles la vida muy difícil, pero lograron adecuarse.
Me golpeé la cabeza de ira, y me puse a llorar, al ver sucumbir a un gran reino y no poder hacer nada para impedirlo; estaba sólo, pero instintivamente corrí hacia la fortaleza destruida de los kollis. Y, sin encontrar explicación alguna, otra vez estábamos los dos solos, es decir, el kolli plantado y mi atolondrada persona. Intenté acercarme y abrazarlo, para comprobar que estaba vivo, pero él con su voz de siglos me contuvo:
- Seca tus lágrimas hijo. Eso ocurrió hace mucho tiempo, desde esa época, ellos transformaron nuestro paisaje, pero nosotros, los kollis y keñuas, a pesar de que nos arrancan de las plazas, nos marginan y desprecian, no estamos dormidos, estamos creciendo, nuestras raíces están interconectadas. Préstame atención hijo, tú eres algo especial para nosotros, quiero dejarte un importante mensaje, mira…
En esos momentos, cuando ya iba a recibir la confesión del gran Kolli Kápac, fuertes golpes en la puerta me regresaron al presente. ¿Qué había pasado? Ya eran las 6.30 de la mañana y mi madre me decía que era hora de prepararse para ir a la escuela. El paso brusco de una realidad a otra me dejó aturdido.
Salí a la calle con rumbo a mi escuela y no pude encontrar un solo kolli en el trayecto. En el aula ví a mi maestro, me emocioné, las lágrimas brotaron, corrí hacia él y lo abracé. ¿Se habría dado cuenta del por qué?
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Publicado en “Nacionalidad Oculta”. Edit. Los Hijos de la Lluvia - 1992.